lunes, 7 de julio de 2014

Pertenecer


"Primero, voy a contar sobre el robo que cometieron mis padres. Después sobre los asesinatos, que pasaron después." Así empieza Canadá, de Richard Ford. Una pareja de mellizos de 15 años, un varón (Dell) y una mujer (Berner), pasan de vivir en una familia normal a tener a sus padres en la cárcel. Uno sigue el camino que le marca la madre, la otra elige el propio; ambos tienen problemas y desarrollan sus vidas como pueden.
Uno de los grandes temas del libro es la difusa frontera entre el bien y el mal, o la normalidad y el caos. "Es mejor ver nuestra vida y las actividades que le dieron fin como dos lados de una cosa que deben ser consideradas en la mente simultáneamente para comprender correctamente - el lado que era normal y el lado que era desastroso. Uno tan cerca del otro." (p. 32) "El preludio a cosas muy malas puede ser ridículo (...) pero también puede ser común y corriente. Lo que vale la pena ser reconocido, dado que indica dónde se originan muchos eventos malos: desde una distancia de apenas una pulgada de las cosas de todos los días." (p. 360)
Y esos pequeños eventos, esos pequeños deslizamientos fuera de la normalidad ("Los eventos que cambian una vida muchas veces no parecen ser lo que son" - p. 228) pueden ser interpretados como parte del destino o como algo que nos pone frente a la necesidad de elegir. ¿Hay destino, hay libertad o el destino es el carácter, la personalidad? "Si había un diseño oculto, vivir nunca lo iluminó. Mucho más fácil es pensar en el ajedrez - el verdadero carácter de las piezas permaneciendo siempre como fue previsto, un poder superior moviendo todo alrededor." (p. 202)
El tercer tema es otra frontera, aquella entre pertenecer y adaptarse, y el camino que toma el narrador es el de adaptarse en busca de la normalidad. "Mi arrogancia es 'cruzar una frontera'; adaptación, desarrollo desde una forma de vida que no funciona hacia una que sí. También puede ser sobre cruzar una línea y nunca más poder volver." (p. 395) Los tres temas son como la trama de una vida, que tiene sentido para el que la vive, para el que la cuenta: "pensá lo cerca que está el mal de las cosas normales que no tienen nada que ver con el mal. A través de todos estos eventos memorables, la vida normal era lo que yo estaba intentando preservar para mí. Cuando pienso en esos tiempos (...) es todo de una pieza, como una partitura con movimientos, o un rompecabezas, donde yo estoy intentando restaurar y mantener mi vida en un estado entero y aceptable, más allá de las fronteras que crucé. Sé que soy sólo yo el que hace esas conexiones. Pero no intentar hacerlas es condenarse a uno mismo a las olas que te tiran y te estrellan contra las rocas de la desesperanza." (p. 386)
Esos chicos ahí tirados construyen una vida. En una vida, en cualquier vida, todo puede pasar. Porque "Es un misterio cómo somos. Un misterio." (p. 71) Y porque "cualquier cosa puede seguirse de cualquier cosa." (p. 316) Por eso: "Lo intentamos, como dijo mi hermana. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos." (p. 418)

Originales de las citas usadas
"If there was a hidden design, living never shed light on it. Much easier to think about chess - the true character of the men always staying the way they were intended, a higher power moving everything around." (p. 202)
"It's best to see our life and the activities that ended it, as two sides of one thing that have to be held in the mind simultaneously to properly understand - the side that was normal and the side that was disastrous. One so close to the other." (p. 32)
"The prelude to very bad things can be ridiculous (...) but can also be casual and unremarkable. Which is worth recognizing, since it indicates where many bad events originate: from just an inch away from the everyday." (p. 360)
"Life-changing events often don't seem what they are." (p. 228)
"My conceit is "crossing a border"; adaptation, development from a way of living that doesn't work towards one that does. It can also be about crossing a line and never being able to come back." (p. 395)
"think how close evil is to the normal goings-on that have nothing to do with evil. Through all these memorable events, normal life was what I was seeking to preserve for myself. When I think of those times (...) it is all of a piece, like a musical score with movements, or a puzzle, wherein I am seeking to restore and maintain my life in a whole and acceptable state, regardless of the frontiers I've crossed. I know it's only me who makes this connections. But not to try to make them is to commit yourself to the waves that toss you and dash you against the rocks of despair." (p. 386)
"It's a mystery how we are. A mystery." (p. 71)
"anything at all can follow anything at all." (p. 316)
"We try, as my sister said. We try. All of us. We try." (p. 418)

miércoles, 25 de junio de 2014

Cobertura mundialista

Ayer se despidió Inglaterra del Mundial y con ella mi cobertura para el blog de Garrincha. Acá dejo mis tres crónicas de los tres partidos de los tres leones. La cobertura en el blog de Garrincha sigue: pasen y vean.

Ups and downs
(14/06/2014: Inglaterra 1 - Italia 2)

Unas horas antes del partido pasé por Manaos. Por arriba de Manaos, a 36.000 pies, en un Airbus de la aerolínea de bandera. Me sentí tan argentino, partiendo a Brasil por el medio desde el aire, que me dieron ganas de comer dulce de leche. Mientras pasaba por ahí imaginé la sombra de nuestro avión en la selva, como un mosquito, pequeño para los estándares locales, y pensé en el pobre Steven Gerrard, tan lejos de la ciudad de los Beatles, y me acordé de Fitzcarraldo. Bah, de las imágenes de Fitzcarraldo que recordé de las cosas que me dijeron de esa película, porque nadie normal la vio y yo soy normal. Soy re normal.
Finalmente bajé, en el gran país del norte. Hice migraciones, busqué mi valija, pasé aduana, hice check-in para mi vuelo de conexión, corriendo corriendo porque no llego, porque estoy justo, y cuando llegué a la puerta resultó que el vuelo estaba retrasado. En el bar de al lado estaba empezando el partido y entonces eso que parecía tan malo, tener que esperar, resultó bueno, porque puedo ver el partido, me dije. Y qué mejor lugar para ver un partido del Mundial que un aeropuerto, eso que alguna de esas personas re profundas llamaron un no-lugar. El Mundial tiene algo artificial también, un empaquetamiento de emociones desplazadas, la identidad del barrio mutada, empaquetada, marqueteada. Lo bajo del barrio, de Anfield, de Stanford Bridge, de Tottenham, convertido en lo alto de la FIFA. En el camino de abajo a arriba se pierde algo de alma, como una chica de Nebraska al llegar a Hollywood.
Mientras tanto, van 33 minutos, y los equipos suben y bajan en bloque. Los ves a todos en el mismo plano (salvo al arquero del equipo que ataca), bien compactos. Y desde que empecé a escribir este párrafo vino el gol de Italia (Marchisio tras gran jugada de Pirlo, que la dejó pasar) y el empate de Inglaterra, England, by Sturridge, tras centro de Rooney. Las emociones subieron y bajaron y escuché el llamado a mi vuelo justo después de que terminara el primer tiempo. Durante el segundo voy a volver a estar arriba, cruzando el Golfo de México en camino a Houston, pero no hay problema. Pase lo que pase, el fútbol siempre será esto, los altos y bajos, lo alto y lo bajo.


By George
(19/06/2014: Inglaterra 1 - Uruguay 2)

Oh sweet Georgia pie. Nosotros, los ingleses, conquistamos medio mundo y le pusimos nombres a muchas partes. Llegamos hasta este continente incontenible e hicimos colonias como esta y las nombramos como quisimos. A este le pusimos el nombre de nuestro rey y de nuestro santo, el que mataba dragones. Hace calor en Georgia y son las tres de la tarde. El Sticky Fingers Smokehouse está casi vacío y la rubia gordita de la barra me quiere hacer comer o tomar cosas. Sweet Georgia pie pido, porque hay una canción, mientras el juez le perdona la vida a Godín y nosotros, que somos caballeros ingleses, no protestamos. The pound sterling es una medida de plata, y este Sterling (que no es Roger) es la medida del fútbol de Inglaterra. Sterling y Rooney contra el mundo, con algo de Sturridge on the side, como un bowl de porridge, pero qué calor, no acá, no hoy. Metemos un cabezazo en el palo y tenemos un par de situaciones pero no entra y Cavani hace un jugadón y Suárez, el que juega en Liverpool, deja a Joe Hart a contrapié y a Inglaterra con un pie afuera.
Nos queda un tiempo y estoy solo en la barra. Cada tanto pasa la gordita y me pregunta si quiero algo más. Simpática la rubia. Estoy solo como el pobre Joe Hart en nuestro arco, que los uruguayos empiezan a cascotear con más calidad que fiereza. Oh England, England, nosotros que nombramos las cosas e inventamos el juego, England. La rubia se llama Brittany: a ella también le pusimos nosotros el nombre, los británicos, que conquistamos todo pero ya no podemos ni en los deportes que nosotros mismos inventamos. Y ahí va Rooney, tira el segundo caño de la tarde, como si fuera sudamericano, rioplatense, y Muslera empieza a hacerse grande hasta que la metemos, al fin, centro de Johnson y gol de Rooney. Pero de nuevo, como contra Italia, llega la desilusión porque no puede haber final feliz para Inglaterra y Suárez mete el segundo. Son las cinco y empiezan a llegar los gringos para la cena en el Sticky Fingers. Terminó el partido y yo solo, acá, en la barra vacía. La rubiecita se fue y yo salgo al calor de Georgia. Saint George nos abandonó y un millón de dragones vomitan su fuego sobre nuestras espaldas.


Despedida
(24/06/2014: Inglaterra 0 - Costa Rica 0)

Me fui a Gibraltar, no a la roca sino a un pub, a ver un partido que más que partido era una despedida, la nuestra, la de Lampard, la de Gerrard. Caminando por el empedrado de San Telmo en mi cabeza sonaba la introducción de "I did it my way", pero en la versión decadente de los Sex Pistols: "And now, the end is near / And so I face the final curtain" dice Sid Vicious.
No era el final que esperábamos, no. Tan inesperado que tuve que ir a un pub inglés porque a nadie le importaba este partido. Hasta en Gibraltar estuvimos relegados: como si en la roca fueran primero los gallegos, en la tele grande de adelante pusieron Italia-Uruguay y nosotros quedamos atrás en la tele chiquita. (Me agarró tortícolis por mirar hacia arriba.) Un inglés me invitó a sentarme a su mesa mientras en la de al lado miraba nervioso el único costarricense de Buenos Aires, envalentonado por su equipo.
Pudimos haber ganado hoy. Sturridge tuvo una, dos, tres, cuatro oportunidades, pero no entró. Los ingleses alrededor se rieron cuando vieron a uno de ellos mostrando un cartel desde la cancha: "Pasajes £1.200, Entradas £1.200, Alojamiento £2.000. Ver el partido ya eliminados: no tiene precio". Así nos despedimos, con humor, riéndonos de nosotros mismos, de nuestra impotencia. "What's the difference between England and a tea bag?", preguntaban por las redes sociales: "a tea bag stays in the cup longer." Y nos reímos pensando en la bolsita ya casi seca y fría, como una pequeña pijiita después de mucho tiempo en la pileta, a shrivelled up penis.
Así llega nuestro final, nuestro telón tan lejos de la final y nos vamos con la tristeza de no haberlo hecho a nuestra manera, no como Frank, no como Sid. Nos pusimos a tocar como si fuéramos latinoamericanos, tiramos caños en vez de centros, jugamos 4-2-3-1 como España. Tomamos una pinta más, reímos hacia afuera manteniendo la compostura, como hacemos los ingleses, con la frente en alto, y mascullamos que extrañamos el four-four-fucking-two antes de salir de la puerta del bar y olvidarnos de toda esta mierda por cuatro años.

martes, 3 de junio de 2014

Promesas rotas


No country for old men es una notable novela del notable Cormac McCarthy, con quien hace rato no puedo ser objetivo: lo leímos y lo amamos acá y acá y acá y acá. Pero esta, que fue muy bien llevada al cine por los hermanos Coen, es realmente una obra maestra desde los tópicos, las escenas, las imágenes y la sensación de que McCarthy puede escribir siete millones de palabras sin que sobre una sola.
Tres cazadores se entremezclan en la frontera entre México y EE.UU., en el sur de Texas, tras un enfrentamiento entre bandas de narcotraficantes. Moss, un ex combatiente de Vietnam que estaba cazando por la zona y se quedó con una bolsa con dinero; Chigurh, un agente de alguna de las bandas, busca cazarlo para recuperar el dinero (y la droga que alguien más se llevó); y el sheriff del condado, Bell, un veterano de mil batallas, busca cazar a los dos.
Como en todas las novelas de McCarthy, son todos hombres duros, acostumbrados a la violencia. De hecho, todos los personajes con alguna relevancia fueron a alguna guerra (primera y segunda guerras, Vietnam). Y como en otras, hay también una sensación de fatalidad, que el destino no puede torcerse. "Las cosas que te pasan te pasan. No preguntan antes. No solicitan permiso" (p. 220), le dice Moss a una chica en la ruta. Y sigue diciendo que lo que hiciste está hecho: "No podés empezar de cero. De eso se trata. Cada paso que das es para siempre. No podés hacer que se vaya. Nada." (p. 227) Casi lo mismo le dice Chigurh a otra chica: "Cada momento de tu vida es un cambio y una decisión. En algún lado decidiste. Todo siguió hasta acá. La contabilidad es escrupulosa." (p. 259)
Alrededor de una novela de crimen aparecen temas más trascendentes, muchas veces a partir del discurso del sheriff veterano. McCarthy se sale con la suya de tener a un personaje reflexionando porque la oralidad es perfecta; escuchás al texano como si estuviera con vos frente a una chimenea, con su sombrero en la mano. Como un hombre de otro tiempo, Bell sigue creyendo en la verdad: "Creo que cuando se digan y se olviden todas las mentiras la verdad todavía va a estar ahí. No se mueve de lado a lado y no cambia de un momento a otro. No la podés corromper más de lo que podés salar la sal." (p. 123)
Detras y en el centro está el cambio, el fin de la ilusión, las promesas rotas. El país de McCarthy es un país roto por la violencia, por la droga y por la ausencia de Dios. Para un país con esta historia, para hombres que pasaron por la guerra, no es neutral: "No se puede ir a la guerra sin Dios." (p. 295) Los nuevos criminales son distintos: "No creo que hayamos visto esta gente antes. De este tipo. No sé qué hacer con ellos. Si los mataras a todos tendrían que construir un anexo en el infierno." (p. 79) Bell se da cuenta de que no tiene más idea "del mundo que se está cocinando" que sus antepasados (p. 283) y se siente derrotado, como fue vencida la promesa americana. Al final del libro, Bell ve un bebedero y se pregunta por el hombre que lo hizo. "Este hombre se había sentado con un martillo y un cincel y había tallado sobre la piedra un bebedero de agua que duraría diez mil años. ¿Por qué? ¿En qué era que tenía fe? No era en que nada cambiara. Que es lo que vos podría pensar, me imagino. Tenía que saber más que eso. (...) Y tengo que decir que lo único que se me ocurre es que había algún tipo de promesa en su corazón." (p. 307)
Como en el final del Gran Gatsby, como en esos cuentos de Flannery O'Connor en los que vemos una sociedad que cambió lo suficiente como para que ya no se pueda confiar en nadie pero donde el cambio es tan reciente que aún quedan confiados, la promesa rota de un mundo mejor queda expuesta en el centro de la literatura americana.

Originales de las citas usadas

"Things happen to you they happen. They dont ask first. They dont require your permission." (p. 220)
"You dont start over. That's what it's about. Ever step you take is forever. You cant make it go away. None of it." (p. 227)
"Every moment in your life is a turning and every one a choosing. Somewhere you made a choice. All followed to this. The accounting is scrupulous." (p. 259)
"I think that when the lies are all told and forgot the truth will be there yet. It dont move from place to place and it dont change from time to time. You cant corrupt it any more than you can salt salt." (p. 123)
"You cant go to war without God." (p. 295)
"I dont know. I used to say they were the same ones we've always had to deal with. Same ones my grandaddy had to deal with. Back then they were rustlin cattle. Now they're running dope. But I dont know as that's true no more. I'm like you. I aint sure we've seen these people before. Their kind. I dont know what to do about em even. If you killed em all they'd have to build a annex on to hell." (p. 79) 
"And the truth is I dont have no more idea of the world that is brewin out there than what Harold did." (p. 283) 
"But this man had set down with a hammer and chisel and carved out a stone water trough to last ten thousand years. Why was that? What was it that he had faith in? It wasnt that nothin would change. Which is what you might think, I suppose. He had to know bettern that. (...) And I have to say that the only thing I can think is that there was some sort of promise in his heart." (p. 307) Sheriff Ed Tom Bell, voz en off. 


miércoles, 28 de mayo de 2014

El camino interno


The Road to Los Angeles es una novela corta, de unas 160 páginas, y recién en la página 152 de mi edición se hace referencia al camino a Los Ángeles. Todo lo anterior es el camino interno que hace el protagonista y narrador, Arturo Bandini, para ser un escritor. Más bien, para empezar a ser un escritor.
Arturo es un pibe de unos 20 años que vive con la madre y la hermana en un departamento alquilado en una ciudad costera cercana a Los Ángeles. Lee a los grandes filósofos y no logra conectarse emocionalmente: ni con mujeres, ni con la madre, ni con la hermana. Desprecia a todos y consigue torturados alivios sexuales con fotos de chicas arrancadas de revista, chicas a quienes les inventa historias. Al llegar a la página 43 recordé haber leído algo muy parecido a este personaje: el Ignatius Reilly de A Confederacy of Dunces (La Conjura de los Necios), libro que me aburrió y no terminé. La diferencia, claro, es que John Fante escribió esta novela, su primera aunque sólo se publicó de forma póstuma, entre 1933 y 1936, y Kennedy Toole la suya en la década de 1960. (Curiosamente, La Conjura... también se publicó de manera póstuma; en ambos casos, los manuscritos se encontraron después de la muerte de los autores.)
Doy vueltas, sí. La cuestión es que Bandini, este otro Ignatius, anda vagando por la vida hasta que un día entra a comer a un boliche y una conversación con el dueño lo pone en camino. "Dijo, 'Leés mucho. ¿Nunca trataste de escribir un libro? Eso fue todo. Desde ese momento quise ser escritor." (p. 28) De ahí en más pasan muchas cosas: un día mata a cientos de cangrejos; va al parque a leer, lo rajan de un laburo y después el tío lo obliga a trabajar, y entra a una fábrica de pescado envasado. Esa no es una buena experiencia para Arturo: "Esa primera mañana no tuvo comienzo y no tuvo fin. Entre vómito y vómito me paraba en el depósito de latas y tenía convulsiones. Y les dije quién era. Arturo Bandini, el escritor." (p. 60) Aunque la mitad del tiempo parece ridículo, lo que es claro es que Arturo no pertenece y es difícil ser artista sin esa condición.
Como decía, el resto del libro es el camino interno hacia Los Ángeles, hacia convertirse en un escritor, en un típico Bildungsroman literario. Ese camino se hace a veces medio cansador, pero tiene humor y tiene momentos de poesía, como este que me hizo pensar en Bukowski, a quien parece que le gustaba Fante: "Esa mujer. ¡Cómo la amaba! El espiral de su forma, el hambre en sus ojos cazados, la piel de su cuello, su media corrida, el sentimiento en mi pecho, el color de su tapado, el brillo de su cara, el hormigueo en mis dedos, cómo flota bajando por la calle, el frío de las estrellas brillantes, el tonto serpenteo de una luna creciente, el gusto del fósforo, el olor del mar, la suavidad de la noche, los estibadores, el click de las bolas de billar, las gotas de música, el espiral de su forma, la música de sus talones, la terquedad de su caminar, el viejo con un libro, la mujer, la mujer, la mujer." (p. 129)
Es en ese momento que Arturo tiene una idea y empieza a escribir una novela y la prosa de Fante se torna poética: dos páginas más adelante juega con comas ("y aunque hacía el amor, y, tenía amoríos ... estaba solitario y, encastillado para el, amor") y dos páginas más adelantes juega con los sonidos de palabras (lo que ni voy a intentar traducir). El libro de Arturo no funciona, claro, pero el personaje sabe qué tiene que hacer; sabe que tiene que seguir probando (como yo no quiero probar); sabe que se tiene que ir. "Con la valija en la mano, caminé hasta la estación. Había una espera de diez minutos para el tren de la medianoche para Los Ángeles. Me senté y empecé a pensar en la nueva novela." (p. 164)

Originales usados
"He said, 'You read a lot. Did you ever try writing a book?' That did it. From then on I wanted to be a writer." (p. 28)
"That first morning had no beginning and no end. Between vomitings I stood at the can dump and convulsed. And I told them who I was. Arturo Bandini, the writer." (p. 60)
"That woman. How I loved her! The coil of her form, the hunger in her hunted eyes, the fur at her neck, the run in her hose, the feeling in my chest, the color of her coat, the flash of her face, the tingle in my fingers, the floating after her down the street, the coldness of the glittering stars, the dumb slither of a warm crescent moon, the taste of the match, the smell of the sea, the softness of the night, the stevedores, the click of poolballs, the beads of music, the coil of her form, the music of her heels, the stubbornness of her gait, the old man with a book, the woman, the woman, the woman." (p. 129)
"and though he made love, and, had love affairs ... he was lonely and, incastellated for, love" (p. 131)
"Suitcase in hand, I wlaked down to the depot. There was a ten minute wait of the midnight train to Los Angeles. I sat down and began to think about the new novel." (p. 164)

lunes, 19 de mayo de 2014

Somos todos raros


El narrador había dejado de escribir para dedicarse a trabajar, sentía que había “claudicado como artista” y vuelve a escribir con forma de diario: “no estoy escribiendo para ningún lector, ni siquiera para leerme yo. Escribo para escribirme yo; es un acto de autoconstrucción. Aquí me estoy recuperando, aquí estoy luchando por rescatar pedazos de mí mismo (…) esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida.” (p. 24-25) 
Nace así El diario de un canalla y el método Levrero de novelar o de escribir: el ingreso al mundo interno de un hombre desde la cotidianidad; la relación del narrador con un pichón de paloma, con un gorrión y con una abeja abren la puerta a un hombre y a su manera de lidiar con la vida, con el miedo a la muerte y con la soledad. Más que una puerta, es un foco, que ilumina partes de la vida interna y externa. Mucho queda allí escondido, no dicho.
La segunda parte del libro tiene Burdeos 1972. En un diario fechado en 2003, el narrador lucha por recordar un momento de su vida 30 años antes en el que, siguiendo a una mujer, se instaló por un tiempo en Francia. De nuevo, la vida cotidiana se impone y el autor puede tomarse cinco páginas para relatar la compra de un reloj de pared o el día a día con la hija de esa mujer. Desde esas historias pequeñas siempre el centro es ese personaje, ese hombre, que es siempre un enigma. “Ahora, en Burdeos, yo estaba viviendo con dos desconocidos: Antoinette y yo.” (p. 106) 
A Levrero se lo conoce como uno de “los raros”, junto con Felisberto Hernández y otros autores uruguayos difíciles de encasillar. En la última entrada de este diario, el narrador recuerda un diálogo con aquella mujer, tiempo antes de la mudanza, a principios de la relación; la francesa le dijo: "Sos raro como gente". Todos lo somos, quizás, y esta rara forma de literatura es una manera de enfrentar la propia rareza.